La odio. Entra todas las tardes acompañada de su hija, una mujer de unos cincuenta años a la que se dirige de forma brusca y con manifiesto desprecio. A mí tampoco me trata bien, de hecho, siempre se acomoda en la barra y empieza su juego de poder, mirándome fijamente, provocándome para ponerme nerviosa y someterme. Oye, sácanos dos cafés con leche. El mío en vaso. ¡Calientas la leche demasiado, está hirviendo! Pásamelo a una taza grande. ¡Pero bueno, si este café está helado, es que no tienes ni idea! Tú me vas a enseñar a mí, que he sido camarera del California treinta y cinco años! ¿Va a tomar usted algo más? Que te he dicho que este café está frío, ¿es que no escuchas? No le hable así, la señorita solo desea ser amable con usted. La odio. Odio su manera de sorber el café, su forma de llevarse el croissant empapado a la boca, las manchas que exhibe en su vestido, una bata abotonada de arriba abajo, siempre la misma, como si no tuviera otra. No la aguanto. He entrado...
Microrrelatos, poemas, un compendio de la brevedad. Perdón por la sangre.